Analisis Divergente

 

LA CULPA ES DE CABRUJAS
Por: Hebert Tovar | Caracas, 29 de agosto, 2017

Lo recuerdo con la precisión de un Nivada. Era el año 1970, lo sé porque ese fue el año en que Santana conmocionó a todo el mundo con Samba pa ti, tema que era para mí y para Belkis, mi novia de mis 7 años, con quien bailaba esa canción que no terminaba nunca para tener la excusa de tocar nuestros cachetes. Ese fue el año de mi descubrimiento de la violencia política. Desde la ventana de la sala de la casa de Belkis pude ver como un estudiante, tal vez del Liceo Andrés Bello o del 25 de Julio, corría tambaleándose, ayudado por sus compañeros, mientras escupía sangre por la boca. Eso me impresionó profundamente, era la primera vez en mi vida que veía a alguien herido de bala. Creo que Xiomara, la hermana mayor de Belkis, nos explicó, a ella y a mí, que esos eran muchachos que estaban haciendo "paro" y la Policía Metropolitana les había disparado. Fue mi primera aproximación a la noción de represión. Era el gobierno de Rafael Caldera y mi mayor preocupación era aprenderme de memoria la letra de Simpatía por el diablo y de Escaleras al cielo, tal como se las sabía Mandinga.

Hasta que el que estuvo en el Liceo Andres Bello fui yo, la brutalidad policial, las torturas de Rómulo Betancourt y la insurgencia de la izquierda, eran retazos de conversaciones oídas a mi abuela, nada muy claro. Historias de unos panfletos del Partido Comunista bajo las faldas de mi madre, mientras la policía requisaba la casa; mi tío Gilberto perseguido por la DIGEPOL; una balacera en el Parque Los Caobos durante el golpe de Pérez Jiménez. Nada muy preciso. Fueron Bracho y Ocampo, operadores del Comité de Luchas Populares (CLP) en el liceo, quienes me fueron aclarando el tema de la lucha de clases, el opio del pueblo, los cabilleros adecos y las violaciones de la DISIP, heredadas de la violencia de la DIGEPOL. Mas o menos me fue quedando claro que los rezanderos copeyanos y los malamañosos adecos, eran los malos y que lo más sensato que podía hacer alguien decente era militar en la izquierda, que eran los buenos.

Ocampo era un malandro bien divertido y simpático, pero malandro al fin. Así que no le di credibilidad a sus enseñanzas. En cambio Bracho, era un tipo serio, un flaco enchaquetado que andaba armado, que cuando hablaba siempre parecía que estaba arrecho y miraba con ojos de odio. Bracho tampoco me convenció mucho de nada, pero si me dejó la clara idea de que los tipos de izquierda estaban irreductiblemente convencidos de que sabían por qué el mundo no funcionaba y que sabían también, cómo hacer para arreglarlo.

Escena de "Crónicas de un subversivo latinoamericano"

Mas o menos con esos esquemas generales andaba yo sobre la derecha y la izquierda hasta que en 1979 se me atravesó José Ignacio Cabrujas y su guión de la película "Crónicas de un subversivo latinoamericano", la cual no había visto porque cuando se estrenó yo tenía 12 años. Con esa película me enteré que ser de izquierda, marxista, bolchevique, leninista, era sinónimo de ser inteligente, culto, valiente, con valores éticos y orientado hacia la transformación y mejora del mundo aún a costa de la vida propia. La gallardía de Miguel Ángel Landa coordinando el secuestro del Teniente Coronel Michael Smolen, oficial norteamericano agregado a la Embajada en Venezuela, para canjearlo por el vietnamita Nguyen Van Troi, mientras al mismo tiempo llevaba una vida normal trabajando en un diario y cuidando de su mujer embarazada, se instituyeron para mí, en un claro modelo simbólico, un ideal de revolucionario.

Adicionalmente, el que atraparan a Perla Vonasek y a Eva Mondolfi cuando fracasa la operación, me produjo una añoranza por las bellas revolucionarias jóvenes, inteligentes y sexualmente ardientes. Termino el bachillerato con un nuevo modelo de comunista. Fue una revelación para mí que no todos eran locos furiosos, con un intenso deseo de venganza contra el mundo, sino que los había así como Héctor Mujica, de pipa y paltó, o como Adriano Gonzalez León, de pluma y whisky capaces de irrespetar al mismísimo Jorge Luis Borges en su cara.

Cuando entro en la UCV, ya el mal estaba hecho, ya venía enamorisqueado de una entelequia: la nobleza de la izquierda. La operación de propaganda de Cabrujas, Orlando Urdaneta y Eva Mondolfi, logró lo que no pudo el pasado ñángara de mi familia, la violencia de Caldera, ni el radicalismo del CLP: ganar mi simpatía.

Una vez en los pasillos de la Facultad de Humanidades de la UCV, todo el mundo era de izquierda, bueno, todo el mundo que estuviera en algo. Silvio Rodríguez era EL poeta, cuyas canciones me las aprendí todas y las cantaba en la casa de Clara mientras Chile tocaba la guitarra. Así tenía que ser. Tener 18 años y ser adeco, era y sigue siendo, un desorden genético. El país de Carlos Blanco, Vinicio Carrera, Carlos Raúl Hernández, Paulina Gamus y Sofía Imber, era una mierda, inaceptable y había que arreglarlo. Eso solo era posible, no jugando al bipartidismo verdiblanco. Era lindo ser de izquierda.

José Ignacio Cabrujas, propagandista culpable de la falsa nobleza del izquierdista.

En la UCV cada vez fue más clara para mí la existencia de más de una "izquierda". Por un lado, la culta, elegante, farandulera, escritora, cineasta, forista, periodista, psicoanalista. Por el otro, la zarrapastrosa, violenta, resentida, hedionda y de vocación totalitaria. Eran, la izquierda y la “ultra”. Ser de la “ultra” era como ser un menor transgresor, un adolescente con problemas de conducta, un masoquista buscando la muerte en la Plaza de Las Tres Gracias, un excluido reivindicado con perdigones y tuercas. La “ultra” era para los psicópatas, los suicidas incapaces de construir nada, entregados por entero a su vocación destructiva y vengativa. Pero, era lindo ser de izquierda en la UCV.

A pesar de que mis tertulias con Reinaldo mientras nos bajábamos una caja de cervezas, nunca me convencieron de incorporarme al MIR, ni mis diferencias con Gonzalo sobre Fidel Castro y el sometimiento de Cuba, permitieron que militara en lo que quedaba del PRV o de la Liga Socialista, la gente de izquierda, en general, era preferible a los borrachos, putañeros, vulgares y estafadores de AD y COPEI. ¡Claro! que el extremo de escogerle la novia a uno, que era lo que hacían en el Partido Socialista de los Trabajadores, para mí era igualmente enfermizo y por eso nunca me infecté en ninguna secta de la izquierda, de la “disciplina”, que es como ellos llaman al autoritarismo y a las relaciones amo-esclavo.

Esta falsa imagen del comunismo bolchevique, del marxismo leninismo que la propaganda produjo en mí durante al menos dos décadas, me anestesió, impidió que creciera rechazando con claridad sus planteamientos y sus falacias. A través de una operación mental radicalmente absurda, yo desconectaba la barbarie sanguinaria de Mao y Stalin, de lo buena gente y erudito que era un viejito como Jerónimo Carrera Damas, presidente del Partido Comunista de Venezuela. La hambruna, la tortura y el fusilamiento de disidentes que imponía Fidel Castro en Cuba, era solo un fondo impreciso que no alteraba en nada la perfección de los versos y las notas de Silvio. Las historias que me contaban Jackelyn, la Nena y Henry, sobre el Tropicana y las playas de Varadero, borraban totalmente mi conocimiento sobre el espionaje, el sapeo y el control social de los Comités de Defensa de la Revolución. Propaganda eficaz.

Por otra parte, los ñángaras nunca habían sido gobierno en Venezuela, jamás habían tenido el poder, yo nunca los había visto mandando, ni sabía de lo que eran capaces tomando decisiones sobre asuntos públicos, armados y con dinero por coñazo. Lo único que tenían era el trauma de la derrota militar en manos de los adecos. Sus pocos triunfos revolucionarios habían sido los secuestros de las hijas de Renny Ottolina y del ejecutivo de la Owens Illinois en Venezuela, William Frank Niehous. Los atracos a bancos, no cuentan como acciones para la disolución de la lucha de clases.

Este Gran Pájaro Preñado en mi cabeza, me inmovilizó. Confieso mi culpa por ignorante político, por desconocer las profundidades de la oscuridad del alma de la izquierda, tanto de la “culta” como de la “zarrapastrosa”. Me pareció definitivamente justo cuando el Zambo Vengador, el Locutor en Alpargatas, el Soldado Faramallero, el Comunista Pantallero, prometió acabar con ese obstáculo civilizatorio que fundó Rómulo Betancourt, otro comunista de origen. Le di mi bendición a las decisiones supuradas de la verruga presidencial. Lo que mi falta de militancia desde los 15 años en una célula de la Liga Socialista, no podía anticipar, era que lo mas enfermo de la “ultra”, hiciera las paces con lo más “viva la pepa” y sifrino de la izquierda culta, y que ambas sectas se fundieran a su vez, con lo mas carterista y estafador de Acción Democrática, sellado el pacto con lo más violento y primitivo de la soldadesca. Todo ello para destruir los cimientos de la “civilización burguesa” venezolana hasta ponernos a comer basura.

Finalmente he comprendido, después de 30 años de haber egresado de la UCV y después de casi 20 años bajo la opresión de mis condiscípulos del MAS, el MIR, el PRV, la Liga Socialista y el CLP, que a la discapacidad de la izquierda nunca le ha interesado mejorar el mundo, ni mucho menos la formación de un hombre nuevo y mejor. La fulana dictadura del proletariado como transición hacia la disolución de las clases, no es más que una justificación racional, o más bien verbal, de un piche deseo de venganza. La violencia revolucionaria para obtener la paz de la sociedad perfecta, es una estupidez que racionaliza una insondable pulsión de muerte, una incapacidad radical de creación, el reinado de la animalidad engastado en violencia, dinero, perversión y resentimiento.

Pero, no son los pequeños seres los que crean la barbarie, a partir de sus carencias y frustraciones, no son patologías individuales que mágicamente se sincronizan creando el infierno en la tierra. Durante más de 100 años socialistas, marxistas, anarquistas, leninistas, trotskistas, stalinistas, maoístas, foquistas y demás istas, han desperdiciado mares de tinta para construir el marco teórico que orienta el pensamiento y la acción de todo mutilado necesitado de romper cosas.

Ideas brillantes, explicaciones irrefutables, demostraciones lógicas, contradicciones superadas, evidencias inocultables, todas desnudando la inhumanidad del capitalismo y la necesidad de la guerra revolucionaria. La perfecta justificación de la violencia y el abuso, la justicia como argumento del crimen. Palabras de aire que van al aire, cuando el resultado de la revolución es el mismo que su antítesis: negocios. Después de un tiempo, la verdad se revela ante mi y tengo un nuevo modelo de comunista: mas que delincuentes con un contexto de justificación, los tipos de izquierda son hombres de negocios.

La historia nos enseña que los sistemas políticos absurdos se devoran a sí mismos, pero no por eso es menester sentarse a esperar. La culpa la tiene Cabrujas.


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