Análisis Divergente

 

¡Y HE AQUÍ QUE OS TRAIGO EL ANTIPODER!
Por: Hebert Tovar | Caracas, 06 de junio, 2017

I.- La Clave del Poder

En décadas relativamente recientes se ha popularizado la idea de que existe un cierto distanciamiento entre el poder y la política, o si se prefiere, una despolitización del poder. Esta idea, atractiva y sugerente de primera vista, se vuelve simple y poco novedosa, cuando se devela su trasfondo suficientemente conocido: el señalamiento de que el poder relevante y efectivo ya no es ejercido por la institucionalidad política, sino por el entramado de las corporaciones transnacionales que dominan la economía globalizada.

Ciertamente, es difícil refutar la afirmación de que los conglomerados empresariales multinacionales en el milenio que se estrena, ya se han consolidado como la fuente real del poder sobre los asuntos públicos que inciden sobre la vida cotidiana de las naciones, dejando a los activistas políticos locales, el rol de actores que representan un poder ficticio, que en la fantasía, se origina en la voluntad popular. Los incuestionables hechos nos muestran que las decisiones sobre obras públicas, las directrices sobre la producción de bienes y servicios, la orientación y control del consumo, el contenido y finalidad de la educación, la administración de la salud, todos, asuntos de interés colectivo, algunos, antaño bajo la responsabilidad de los Estados Nacionales y sus ocupantes de turno, ahora son decididos por asambleas de accionistas anónimos, ciudadanos del mundo y de ningún lugar, mentes orientadas por la calidad total y la utilidad infinita.

En esta dinámica de los negocios globales, no existen enemigos, ni adversarios, solo potenciales o improbables socios, posibles adquisiciones futuras o divisiones postergadas, diversificaciones o concentraciones de ramos, líneas y regiones. El ritmo de los movimientos y contactos interempresariales, lo marca la probabilidad de una aproximación mayor o menor a la utilidad infinita. El descartado socio de hoy puede ser un aliado estratégico mañana, un fuerte competidor foráneo puede transformarse en una división regional, luego de fusionarse con él. Cambio permanente y antagonismo relativo, son los rasgos más claros de la producción y el intercambio transnacional.

Sin embargo, en un proceso tan volátil como la actividad global de las multinacionales, no existe el caos, ni el anonimato. Las reglas son simples: a) el dinero se invierte para reproducirlo, no para perderlo, b) cualquier acción que reproduzca el dinero es deseable y c) es imperioso y mandatorio transformar en permanente cualquier condición que permita el cumplimiento de las dos primeras reglas. Aquellos que demuestran un éxito sostenido en este estrecho marco teleológico, se instituyen en los protagonistas de la realidad, en los ductores de la civilización, digamos, los dueños de la vida. ¿Exagerado? Solo algunos nombres infiltrados y desapercibidos en nuestra cotidianidad a modo de evidencia: Microsoft, Bayer, Sony, Procter & Gamble, Samsung, Disney, General Motors Company, Pepsi, pero también Odebrecht, Direct TV, Gruma, de alcance más restringido pero ejecutorías mucho más visibles.

Para ser precisos, la alimentación, el vestido, la vivienda, el transporte, la educación, la salud, el esparcimiento y cualquier otra categoría que haga referencia a la vida del ciudadano, se define en los escritorios y computadores de una “casa matriz” inalcanzable, inconmensurable, casi abstracta, pero irreductiblemente real e inserta en nuestros cuerpos. Pequeñas élites con un poder que se expresa en el contenido de un memorandum, un oficio o un “email”, que puede determinar el despido de cientos de miles de personas, el cierre de una sede en un país que depende de ella, el cambio de los hábitos alimenticios de una nación, la construcción de un puente para comunicar poblaciones enteras o la invención de una profesión. Ante semejantes facultades, sería comprensible si alguien postulara la existencia de un “Olimpo en la Tierra”, conformado por los mas grandes entre los grandes, la fuente del verdadero poder.

Siendo que los asuntos de la “polis”, ya no son decididos por el estamento político, a la usanza de los Siglos XIV o XVII, su finalidad ha quedado circunscrita, hoy más que ayer, al ámbito puramente simbólico. La acción política en el tercer milenio, es solo representación vaciada de capacidad real de ejecución. La categoría sociológica de “actor político”, que hacía referencia a cualquier agente involucrado en las decisiones colectivas, ahora en el contexto de la despolitización del poder, queda resemantizada como “comediante político”. El representante ya no es la voz de otro que delegó en él su potestad para decidir, sino quien realiza una representación, una simulación, histriónicamente cuidada.

Sin embargo, este carácter ficticio de la acción política, que con mucha frecuencia se presenta con rasgos de entretenimiento, no es desechable, sino todo lo contrario, redefine los términos de su pervivencia como hábito cultural, asentado en un relato con una estructura rígida y lineal cuyos elementos son claramente diferenciables: el pueblo se forja sueños, anhelos de futuro; grandes hombres en el seno de los partidos, comparten esos sueños y los hacen realidad; otros pequeños seres, mezquinos, enfermos, avaros o malvados, odian al pueblo y obstaculizan su felicidad; en consecuencia, los grandes hombres, amantes del pueblo, son enemigos mortales de los pequeños seres, explotadores del pueblo.

Tal línea argumental es la estructura básica para el desarrollo de numerosas variaciones, con mayor o menor énfasis en algunos de sus elementos. A modo ilustrativo, los enemigos mortales en el tercer milenio pueden presentarse en pares como conquistadores - libertadores, demócratas - comunistas, nativos - extranjeros, imperialistas - nacionalistas y polaridades similares. Con independencia de las particularidades de cada versión dramática, la estructura básica de la ficción es la misma: adversarios políticos enfrentados por el acceso exclusivo al poder, para imponer su visión de la organización de la vida que haga más feliz al pueblo o que saque más provecho de él.

Una consecuencia colateral de esta cualidad de representación dramática de la acción política contemporánea, es el carácter crítico que adquieren las habilidades histriónicas de sus agentes. De allí que moderar un programa de radio o televisión de cualquier género, hacer películas o canciones igualmente, de cualquier género, conforman el mérito político suficiente para ocupar posiciones públicas en los parlamentos nacionales, regionales o municipales, además de posiciones ejecutivas o de administración de justicia.

Esta poderosa fantasía tiene por objetivo ocultar la esencia misma del poder, es decir, la acción unificada de las élites “enemigas” para conservar los mecanismos de explotación de grandes grupos humanos. Cualquier bando que resulte victorioso en la contienda, es un subordinado de las decisiones de los dueños globales de la producción. En este sentido, no existe diferencia entre los contendientes. Demócrata o Comunista, Imperialista o Nacionalista, el partido en el poder indefectiblemente se orienta hacia la acumulación de beneficios para si mismo y para sus socios transnacionales, generados a partir de la apropiación del producto del trabajo de la nación entera. Los enemigos socios, la clave del poder.

Los enemigos socios, la clave del poder

El mismo antagonismo mortal entre los contendientes se disuelve a través de pactos de distribución de beneficios en nichos definidos con sumo cuidado. Esta realidad disuelve también el vociferado acceso exclusivo al poder, supuesta justificación de la contienda. Opresión compartida y reparto consensuado, son las relaciones materiales entre los “comediantes”.

De tal modo, la acción política se reduce a un gesto simbólico cuyo significado radica en la idea de confrontación entre adversarios para ocultar la comunión de objetivos entre los mismos y la indiferenciación de su praxis, así como la conformación explícita de carteles para la implementación del aparato burocrático que se requiera. La clave del poder radica, por tanto, en la creación y difusión de una representación de combate entre enemigos que en realidad son aliados y socios de negocios globales.

 

II.- La inutilidad de la guerra

El carácter ficticio de la acción política radica en su independencia con respecto a las decisiones que afectan la vida colectiva, no en su carencia de cualidad ontológica. De hecho, cuando la confrontación simulada se hace cada vez más obvia, irrumpe la interacción violenta entre partidarios con etiquetas diferentes, con la finalidad de persuadir al ciudadano del pretendido antagonismo entre los socios. De allí que esta violencia esté minuciosamente localizada en la estructura jerárquica de las organizaciones políticas. Las muertes y lesiones graves resultantes de las batallas, ocurren con mayor frecuencia entre las bases de los partidos y entre no militantes, por lo general, jóvenes inocentes e impetuosos. Mientras que las lesiones leves, están reservadas con casi exclusividad, a los cuadros medios y la alta dirigencia.

Este uso instrumental de la violencia sigue siendo altamente eficaz desde una perspectiva simbólica, para el alcance de dos objetivos fundamentales: por una parte, la significación de la agresión recibida como “hazaña” que define héroes entre la dirigencia, mártires entre las bases y verdugos entre los atacantes, y por otra, la presentación de la violencia como prueba del antagonismo. Cuando la incredulidad de la población no partidaria se hace aún más resistente obstaculizando la conformación de la masa crítica que soporte la definición de los bandos “buenos” y “malos”, indispensable para el desarrollo del desenlace victoriosos-derrotados, se impone una escalada de la violencia que eventualmente puede devenir en un conflicto armado generalizado, como una estrategia radical que logre convencer a los ciudadanos de la realidad de la confrontación entre adversarios.

Este objetivo es fundamental puesto que si los socios logran ser percibidos como distintos y opuestos, el triunfo de cualquiera renueva la fantasía de cambio y oxigena los tradicionales mecanismos de enajenación del trabajo y sujeción del individuo. De allí que, la inutilidad de la guerra para modificar la relación entre la población y las élites económicas, se prueba, en cuanto los victoriosos de la contienda, refuerzan la estructura piramidal de distribución de las decisiones: los pocos del ápice deciden y los muchos de la base afrontan las consecuencias de las decisiones.

Este resultado ha sido siempre el mismo con independencia del contexto histórico y las tendencias ideológicas en aparente combate: desde la Revolución Francesa de 1789 hasta la Revolución Bolchevique de 1917, desde las Guerras de Independencia Hispanoamericanas de 1824 hasta las Guerras Mundiales de 1914 y 1939. Naciones y hemisferios enteros han dado su vida, su sangre y su cordura, solo para producir una rotación de caras en el ápice de sus respectivas pirámides. La situación inalterable en tan disímiles procesos históricos, es la existencia misma de una distribución jerárquica, autoritaria y excluyente, de las decisiones sobre los asuntos colectivos. La guerra deja intacta la estructura social.

La guerra deja intacta la estructura social

En este sentido, el logro relevante de toda guerra, no es el cambio de actores en el poder, ni de programas para la nación, sino la añoranza de la opresión previa a la barbarie. Las penurias de la guerra, como la escasez, el hambre, la incomodidad o el miedo permanente, devenidas como generales e inevitables, vuelven entrañable y preferible la situación de explotación durante el período anterior al despliegue armado. La amenaza permanente a la vida cotidiana y la alteración de los hábitos culturales durante el conflicto, solo consiguen un reforzamiento de la adhesión al orden socioeconómico prebélico, una reafirmación de los patrones de consumo, producción y distribución de bienes y servicios, a los cuales el ciudadano estaba habituado en tiempos de paz.

De tal forma, la escasez de las marcas habituales de productos alimenticios, solo incrementa el deseo por consumirlos, lo oneroso del precio de un teléfono móvil incrementa su necesidad práctica, la imposibilidad de esparcimiento al aire libre de forma segura, solo reaviva el recuerdo de largos y despreocupados paseos por una ciudad menos caótica, pero igualmente abundante en licitaciones amañadas.

En síntesis, la guerra opera como un método para reforzar la fidelidad de marca en una población sometida al hambre, al terror y a la incertidumbre. Inútil y ficticia para la génesis del cambio en la estructura social, pero invaluable para la renovación de los mercados de consumo, la guerra destruye vidas y bienes para conservar relaciones sociales y económicas.

 

III.- El Antipoder

La acción política como simulacro ya descrita, define sus propios límites y alcances en su relación con el poder real y eficaz. Sus alcances más relevantes se insertan en su capacidad para monopolizar cualquier tentativa de liberación y transformación de los mecanismos de opresión, para encauzarlas dentro de los estrechos límites de un partido y un buró público.

El simulacro exige que toda iniciativa de abolición de las relaciones injustas y desiguales, cristalice en un programa de gobierno partidista, que de esa forma, valida y preserva, la función simbólica e inocua de la acción política. Al instalarse en el parlamento, el ciudadano honesto devenido en representante ingenuo se encarcela en el laberinto de normas, procedimientos, comisiones, componendas, repartos y complicidades, que lo redefinen como una entelequia. Ese es el límite de la acción política, dejar intacta la estructura de poder.

Esta situación trae como consecuencia la imposibilidad de una acción colectiva y orgánica que intente modificar la situación de opresión. La conformación de grupos humanos reunidos físicamente en un espacio determinado para discutir, decidir y ejecutar acciones conjuntas, solo puede arribar a un programa de gobierno y a un partido, con las ya consabidas implicaciones. Ello, en el mejor de los casos, cuando tales iniciativas no son desviadas por otros partidos con mayor experiencia en el arte de la infiltración. El partido bueno, la secta ilustrada en cuyo seno se gesta el buen gobernante, es solo una fantasía mas.

Por ello, la respuesta ante tal estado de cosas parece ubicarse, necesariamente, en el lugar del antipoder, entendido como una acción individual, autónoma, sin estructura de organización colectiva, sin jerarquías de mando y sin localización espacial, guiada por la única directriz compartida posible: obstaculizar el ejercicio de cualquier forma de poder.

Una postura tal, implica una inquebrantable disposición, un compromiso vital, persistente y permanente para organizar el comportamiento individual hacia acciones que interrumpan, desvíen, degraden y eventualmente inmovilicen, los micromecanismos de inserción de la voluntad de las corporaciones y de los partidos, en la intimidad del no militante. El Antipoder obstaculiza cualquier forma de poder.

El Antipoder obstaculiza cualquier forma de poder.

Un curso de acción como el descrito, es esperable que sea clandestino, pero eficaz; puede implicar la violación de algunas normas y de algunas leyes, pero la observancia de otras; y siempre, la descalificación abierta y sistemática de los discursos de poder, la revelación de sus absurdos, injusticias y chantajes.

También e inevitablemente, requiere de la destrucción física de algunos soportes para la opresión: dispositivos de almacenamiento y transporte de información critica para la toma de decisiones, la información misma, equipos de producción de diverso tipo, documentación sobre procesos e incluso esquemas interpretativos, menciones solo a título ilustrativo del tipo de actividad en las que puede concretarse una postura antipoder, sin la pretensión de ahogar la creatividad y los recursos individuales. En todo caso, implica deslastrarse de la barrera psicológica constituida por la concepción de la política como opción liberadora.

Asumirse como antipoder no implica por tanto, pesimismo contemplativo y paralizante, ni simple indiferencia sarcástica, pero tampoco el uso instrumental y episódico de la violencia, sino todo lo contrario, una acción permanente de obstaculización de los hilos del control en los espacios públicos y privados, organizacionales e íntimos. Incluye la acción cultural en el sentido de que se orienta hacia otras formas de significados compartidos y de pautas de comportamiento, pero no se constituye solo de discurso, sino fundamentalmente de acciones individuales y clandestinas dirigidas a desviar los objetivos de los superdecisores, de los definidores de la realidad, con la finalidad de contener el abuso, sabotear la explotación.

La conclusión es obvia: ubicarse en el lado opuesto del poder no pretende instituirse en nuevas formas de secuestro de la realidad e imposición de la voluntad de una élite superhumana, sino en una acción de obstaculización eterna de la voluntad de los opresores. Una persistente insistencia en negarle a las clases políticas y económicas, su legitimación y su autoindulgencia, develando de forma permanente, su cualidad voraz, depredadora, irracional y violenta.

Una actividad necesariamente global, deslocalizada, sin dirección central, guiada por un programa individual y diverso, tributaria de las tecnologías de la información y la comunicación, que apela a todas las formas posibles de contracontrol, desde la infiltración organizacional y el sabotaje informático, hasta la resistencia cultural.

Más que la invención o proposición de una forma “nueva” de relacionarse con la voracidad de las élites, la noción de antipoder es el reconocimiento de un proceso que ya está en marcha surgido de la contienda entre el ciudadano y los depredadores. Una noción cuyos rasgos apenas comienzan a configurarse pero con una claridad inocultable. La pretendida distinción entre totalitarismo comunista y barbarie capitalista, queda así definitivamente superada, disuelta y develada.

¡ He aquí que os he traído el antipoder !


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